Sobre comer mierda
y un montón de corazones rotos.
El primer viernes de este mes tuve cena con amigos en casa. Nos juntamos de tanto en tanto, en un intento de mantener vivo el vínculo que nos une. Todos tenemos vidas muy distintas pero tenemos la convicción de que juntos se pasa mejor el rato. Como de costumbre, luego de cenar hicimos la sobremesa, ese acto que casi es más importante que la comida en sí. Empezamos a hablar del amor, como siempre.
La situacion emocional de la mesa era sin duda, variopinta: estaban los recién casados, los que están empezando a conocerse, los que no quieren nada, los que ya lo tienen todo y los que están perdiendo la fe. Yo he formado parte de esa última categoría varias veces en mi vida y entre escuchar tantas historias, decepciones, aspiraciones y quejas, recordé con claridad un consejo que recibí hace unos buenos pares de años, empezando mis veintes. Y es lo que hoy les quiero compartir.
Empezaba el verano del 2019 y yo tenía el corazón hecho pedazos. Salía con un chico catalán que conocí mientras tomábamos la misma clase de Filosofía del Lenguaje. Él estaba de paso por la facultad porque en realidad no estudiaba filosofía, sino ciencias políticas. Hay muchas cosas que de seguro olvido (quien me conoce sabe que tengo una memoria difusa, por no decir caprichosa) pero recuerdo con lucidez lo brillante que me parecía. Seguro lo sigue siendo. La verdad es que compartimos lo que duró el semestre, o quizá un poco más, pero luego todo se vino a menos cuando nos dimos cuenta que estábamos mejor como amigos.
Viví este momento con mis amigas, les preguntaba una y otra vez qué hubiesen hecho diferente, pero ninguna fue capaz de darme una respuesta que me sirviera. LLegué a la conclusión que realmente no funcionó por “diferencias culturales”, pero eso no es el punto de esta historia. La realidad es que en un capricho colectivo de zafarme de la tristeza, pillamos el primer vuelo de Barcelona a Lisboa. Yo le había preguntado a un amigo que había conocido por unos amigos de Nueva York, si podía acogernos en su casa por un par de noches y me respondió: “aquí las espero.” Llegamos en menos de 24 horas.
Para darles contexto, este amigo es mayor, calculo que me debe llevar unos diez o doce años. Hoy en día es padre y ya no vive en Lisboa, pero para ese entonces se dedicaba a pintar todo el día y a beber mientras lo hacía. Verlo era tan gratificante como aterrador, pero en cualquier caso, estar cerca de sus locuras era divertidisimo. Una noche, luego de que nos contara durante horas su juventud en un velero, cómo trabajó vendiendo perlas en el caribe y las aventuras de recorrer el sur de Portugal con su perra, nos preguntó: ¿y ustedes, qué hacen aquí? Instantáneamente todas las miradas se viraron hacia mí.
A ser honesta no recuerdo si lloré esa noche. Pero sí recuerdo ponerle al día de todo mi drama emocional. Algo que valoro es que nunca se burló, ni menospreció lo que le contaba a pesar de ser una década más pequeña que él. Lo pudo haber considerado una especie de novela adolescente pero, al contrario, cuando terminé de hablar (o llorar, no lo sé), me dijo algo que me sirvió muchísimo en ese momento, pero sobre todo, se volvió un criterio para todas las áreas de mi vida. Él, con toda la seriedad que le era posible, me dijo: “Pequeña, uno siempre va a comer mierda. La vida misma es un constante comer mierda, sólo que uno tiene que elegir muy sabiamente la mierda de quién se va a comer”.
Hoy en día la frase me da risa y coraje a la vez, pero en un análisis menos escatológico, creo que quiso decir que eligiese mis batallas o que básicamente que no sufriera por quién no merece la pena, que las tragedias no me pasan sino que yo “puedo” elegirlas, o al menos eso entendí yo. Es sabido que nadie escapa la desilusión, la decepción o el fracaso y creo que la clave no va de evitar ese desgaste, sino de elegir en quién o en qué gastamos nuestra dignidad. Digamos que la libertad no sería la ausencia de “mierda” sino una especie de autoría sobre la mierda que se acepta.
Volví de Lisboa con el corazón remendado. Pasaron los años y seguí en contacto con mi amigo, de hecho, volví a Lisboa un par de veces y siempre hablábamos de este momento. Me confesó que no recordaba habérmelo dicho pero que sin duda “suena a algo que él diría”, pero como ya les dije, él siempre bebía mientras pintaba y siempre, siempre, siempre pintaba. Es curioso como sucesos o palabras que a uno le marcan la vida para el otro apenas tienen significancia, pero eso es ya tela para cortar en otro momento. La cuestión es que este consejo que me acompaña desde hace muchos años, terminó por encontrar su próximo “consuelo” en una mesa a cientos de kilómetros de donde lo escuché por primera vez. Y a saber de dónde habrá viajado ese consejo antes de llegar a él, a mi y a los míos.
No sé si con esto le habré aligerado el corazón a estos amigos que están como cuando yo llegué a Portugal, pero, sin duda les dejé saber que no son los únicos en lidiar con situaciones que huelen mal. Desde entonces yo elijo de quién me cómo la mierda y me ha ido espléndidamente.
Besos,
Sof.



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